viernes, 22 de julio de 2011

Colonias extranjeras en Barranquilla

Este texto fue publicado en forma de libro por Ediciones Uninorte y contó con el apoyo de José Amar Amar, decano de la División de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad del Norte en Diciembre de 2008. 


Las colonias extranjeras y las representaciones consulares en Barranquilla. 


Por Jorge Villalón

Introducción 

En la memoria intelectual de la ciudad siempre se lee o se escucha que Barranquilla es una ciudad sin historia. A principios del tercer milenio, esta idea que le niega a Barranquilla la cualidad de tener historia se torna quizás más comprensible al distinguirse, desde la distancia del tiempo pasado, los procesos de los últimos dos siglos. La historiografía sobre Barranquilla que se ha escrito en los últimos veinte años, ya puede dar cuenta de ciertos hechos que constituyen hoy fundamentos sólidos para pensar el presente y el futuro de nuestra ciudad a partir de la reflexión sobre su pasado, la cual nos muestra las diversas experiencias que la ciudad ha vivido en su relación con el mundo.
En el período que comienza desde la guerra de independencia hasta nuestro presente, cerca de doscientos años, lo que más llama la atención es que de manera casi inesperada el  insignificante caserío llamado Barranquilla se convierte a partir de 1870 en la ciudad más pujante de la costa norte de Sudamérica. Este auge comercial, portuario, industrial, y cultural de la ciudad comienza a disiparse a mediados del siglo XX. La década entre 1957 y 1967 marca el comienzo de una profunda crisis generalizada que perdura hasta nuestros días. El período de auge entre 1870 y 1960, casi un siglo, ha cautivado a la mayoría de los historiadores que han escrito libros y artículos, fascinados quizás por lo que parece haber sido un milagro. El período de decadencia, en cambio, que es el que nos ha tocado vivir a nosotros, no ha sido de mucho interés para los estudiosos del pasado.
Este trabajo tiene unos objetivos muy modestos y pretende solo responder a la pregunta sobre el papel que le corresponde a las colonias de extranjeros y sus respectivos consulados en el auge que experimentó la ciudad desde fines del siglo XIX, como también observar el papel que han jugado estas nacionalidades en el último medio siglo de decadencia. Al hacer este balance, quizás nos ayude a los extranjeros a interpretar mejor el momento en el cual nos encontramos a principios del tercer milenio y así intentar hacer nuestro aporte a los problemas de la ciudad recogiendo los sentimientos de amor que sintieron numerosos inmigrantes que entregaron lo mejor de sus vidas para hacer más amable nuestro habitar en esta tierra que nos ha acogido de manera tan desinteresada.
Es necesario aclarar que no se trata de un trabajo académico ajustado a las normas rigurosas de la historiografía actual, sino que solo pretende mostrar de manera resumida las más destacadas páginas de diversos autores que han guardado la memoria de las actividades de las colonias de extranjeros en su paso por la historia de Barranquilla. Es deseable que esta compilación de crónicas y recuerdos sirva de base para posteriores estudios de carácter académico sobre este interesante tema de las colonias extranjeras y los consulados en la historia de Barranquilla.


1.- Sobre los orígenes de la ciudad de Barranquilla durante la época colonial.


La actual ciudad de Barranquilla, situada a 17 kilómetros de la desembocadura del Río Magdalena, es uno de los lugares habitados más antiguos de la región de la costa norte de Colombia. Cuando llegaron los españoles en 1501 encontraron aquí un atracadero de canoas y varios asentamientos indígenas a lo largo de la ribera del río y de los cuerpos de agua como ciénagas y caños. Estos grupos de aborígenes desaparecieron a los pocos años de haberse iniciado la conquista española y el lugar que ocupa actualmente la ciudad se transformó en lo que en la época colonial se conocía como un Sitio, que era donde los españoles no habían fundado una ciudad como tampoco habían hecho entrega de muchos títulos de propiedad de la tierra. Este tipo de lugares llamados sitios fueron el destino de los mestizos, mulatos y zambos, quienes sin control alguno formaron familias y construyeron sus habitaciones de manera espontánea lejos del control de las autoridades españolas.  
En los inicios del siglo XVII ya se conocía el lugar como el Sitio de las Barrancas de Camacho, en donde la palabra barranca indicaba el aspecto geográfico del lugar que hacía posible que las canoas y otras embarcaciones menores encontraran un atracadero seguro y propicio al trueque y al comercio. Estos hechos tan lejanos en el tiempo siguen ejerciendo un efecto en el presente de la ciudad a comienzos del siglo XXI, en tanto que sigue siendo, a pesar de las dificultades, un lugar abierto a donde siguen llegando gentes  de otras partes del mundo buscando un lugar para vivir.
Desde sus inicios como un poblado de mestizos y vecinos libres en las primeras décadas del siglo XVII, las Barrancas de Camacho fueron un lugar propicio para el comercio e intercambios. Un connotado personaje de la época, Don Nicolás de Barros, descendiente de los conquistadores que acompañaron a Pedro de Heredia en el proceso de fundación de la ciudad vecina de Cartagena, mandó construir a principios del siglo XVII en el Sitio de libres de Camacho una casa para la explotación agropecuaria, aprovechando la cercanía a una ciénaga y un caño que se comunicaba con el Río Magdalena. Esta actividad comercial de Nicolás de Barros impregnó de dinamismo comercial al caserío y pasó a llamarse Barranca de San Nicolás, y años más tarde, solo quedaría el nombre de Barranquilla, para indicar que se trataba de una barranca muy especial.
Durante el siglo XVIII, el caserío siguió creciendo y en 1747 fue declarada parroquia y años más tarde llegó a tener una iglesia que lleva el nombre del santo de uno de los primeros pioneros de Barranquilla: la Iglesia de San Nicolás, ubicada hoy en el corazón del centro histórico de la ciudad.
Las autoridades españolas realizaron en 1777 un censo de población cuyos resultados nos dan una imagen de lo que era Barranquilla a fines del siglo XVIII en la víspera del proceso de la Independencia. A diferencia de otras ciudades y pueblos de la región, Barranquilla aparece como un caserío con 2.666 personas, de las cuales la inmensa mayoría eran mestizos y blancos, es decir personas jurídicamente libres. Es notoria la ausencia de esclavos y de indios y la mayoría de los habitantes se dedicaban a labores de personas libres, como por ejemplo remadores de embarcaciones que les llamaban bogas, artesanos en general, como zapateros, carpinteros, etc., y por cierto, comerciantes que utilizaban los caños y el río para trasportar sus mercaderías a Cartagena, Santa Marta y otras poblaciones ribereñas.

2.- La guerra de la Independencia y los primeros extranjeros en Barranquilla.


Cuando el rey Fernando VII fue capturado por las tropas de Napoleón en 1808, Barranquilla era una parroquia con unos tres mil habitantes, la mayoría de ellos mestizos mulatos y zambos más algunas familias españolas. La vida económica del caserío se movía a través del comercio que se hacía con canoas y otras embarcaciones más grandes como Bongoes y Champanes y se practicaba bastante el contrabando aprovechando la favorable geografía que ofrecía la desembocadura del Rio Magdalena con sus varias bocas, canales y ciénagas.
En el momento de la Independencia, y en comparación con los otros países latinoamericanos, Colombia registraba unos índices muy bajos de apertura al comercio exterior. Los ideales de libre comercio al comienzo de la época republicana, favorecieron a Barranquilla cuando las nuevas autoridades abrieron al comercio internacional la bahía de Sabanilla. Durante la época colonial y hasta la guerra por la  Independencia no existieron  consulados de otros países porque España tenía el control y el monopolio del comercio exterior. Sin embargo, los borbones, quienes sucedieron a los Austrias en el trono de España, llevaron a cabo importantes reformas que favorecieron el desarrollo económico y el comercio con otros países y de alguna manera fueron precursores del comercio internacional.
Cuando en 1811 llegaron a Barranquilla las noticias sobre la decisión de los cartageneros de separarse definitivamente de España y cambiar al mismo tiempo el sistema monárquico por una republicano, los habitantes se entusiasmaron con la idea de la libertad, que se entendía, sobre todo, como libertad para comprar y vender y traficar mercaderías. Según el historiador Domingo Malabet, “Las autoridades y la soldadesca españolas, los habían tratado siempre con toda dureza desde los tiempos más remotos, con tanto despotismo y tanta arbitrariedad que había muy pocos vecinos que no tuvieran resentimientos por agravios de alguna clase”. El entusiasmo de los barranquilleros fue premiado por el joven gobernador de Cartagena Manuel Rodríguez Torices con el decreto que elevaba al caserío a la categoría de Villa capital de Barlovento o Tierradentro  el 7 de Abril de 1813, proponiendo, además, la creación de una colonia de inmigrantes extranjeros en Sabanilla. Como esta primera república duró pocos años este proyecto no se realizó, pero si señaló un camino de apertura al exterior que ha marcado la vida de la ciudad hasta nuestros días.

Los primeros ensayos de vida republicana en la llamada Patria Boba tuvieron un triste final cuando las tropas españolas al mando de Pablo Morillo reconquistaron las colonias americanas a sangre y fuego. Barranquilla cayó bajo las llamas un día 25 de Abril de 1815 frente a la tenaz resistencia de sus habitantes, siendo muchos de ellos muertos en combate y fusilados por las tropas del capitán Valentín Capmani. 
Muchos patriotas que sobrevivieron en 1815 buscaron refugio en las islas del Caribe que se encontraban dentro de la zona de influencia de los ingleses.  Cuando cayó Cartagena a fines de 1815, Bolívar ya se encontraba en Jamaica en donde buscó el apoyo de varias personalidades ligadas al comercio en un ambiente de mucho romanticismo y ansias de libertad. Uno de estos personajes fue el irlandés James Duncan, quien siendo niño viajo con su familia a los Estados Unidos, luego regresó al viejo mundo y su espíritu aventurero lo trajo otra vez al nuevo mundo estableciéndose en Jamaica. También conoció allí al alemán de origen hebreo askenazi  Juan Bernardo Elbers, quien más tarde iniciaría la navegación a vapor en el Río Magdalena. El historiador colombiano Luis Cuervo Márquez calcula que entre 1818 y 1819 vinieron a Nueva Granada entre 3 y 5 mil extranjeros, todos ellos impregnados del fervor romántico y revolucionario de la época. El propio Bolívar habría dicho que “La unión de la Nueva Granada y Venezuela en una república es un ferviente deseo de todos sus ciudadanos razonables y de muchos extranjeros, que aman y protegen la causa americana”.
Casi un año después de la derrota de los españoles en la batalla de Boyacá el 7 de Agosto de 1819, Barranquilla fue liberada de manera definitiva del dominio español el 12 de Junio de 1820. Este glorioso acontecimiento marca el comienzo de la inmigración extranjera a Barranquilla, ya que en la entrada triunfal de las tropas al caserío se notaba la presencia de tropas conformadas de varias nacionalidades europeas. El comandante de la jornada era Louis Brion en compañía de un legendario coronel Francisco Burdett O´Connor y del caraqueño Pedro Gual, compañero de Bolívar en los inicios de las jornadas en Caracas y luego en Cartagena. Pedro Gual debería figurar en la galería de los gobernantes de Barranquilla, porque fue nombrado como “gobernador” del territorio conquistado, es decir lo que era Tierradentro, lo que un siglo después iba a ser el Departamento del Atlántico. Barranquilla se convirtió en el centro de operaciones militares del Ejercito Libertador y con Gual y Brion a la cabeza la naciente ciudad comenzó a recuperarse de los estragos de la reconquista. Los cronistas afirman que contrajo matrimonio con la distinguida dama barranquillera María Paula Rodado y un año después continuó en su lucha al lado de Bolívar.
Los cronistas de la historia nos cuentan de una legión de irlandeses con sus chaquetas rojas en medio de la alegría popular bajo el repicar de las campanas de la iglesia de San Nicolás. Uno de los primeros en llegar a Barranquilla fue James Duncan, quien compró una casa en la Calle del Comercio o de la Amargura y el pueblo lo bautizó con el nombre de Santiago Duncan. Luego en segundas nupcias se casó con la dama barranquillera Nicolasa Miranda, hogar de donde surgieron familias muy distinguidas. Su casa fue muy famosa porque fue allí donde se hospedó Simón Bolívar a su paso por Barranquilla recién liberada el 23 de Agosto de 1820. La familia Duncan conservó  por largo tiempo los enseres que usara el libertador durante su estadía. En la cena ofrecida al Libertador se encontraban presentes el conde sueco Federico Adlerkreutz, el alemán Felipe Braun y Juan Bernardo Elbers bajo la custodia de los lanceros irlandeses con sus vistosos trajes rojos. Esta recepción al jefe de la nueva república puede  ser considerada como la primera actividad diplomática del naciente cuerpo consular de Barranquilla. Después de algunos años, esta famosa casa fue demolida en el proceso de expansión y crecimiento de la ciudad. En una crisis política en el año 1831, Duncan renunció a su cargo militar al no estar de acuerdo con los nuevos gobernantes y se marginó de la política.
En la misma época, y con el entusiasmo romántico por la libertad, llegaron los hermanos John y Edward Gleen provenientes de Canadá, pero de origen escocés. Llegaron primero a Cartagena en 1809, al comienzo de las luchas políticas de los criollos con los españoles. Ambos hermanos tenían la vocación del comercio y prefirieron trasladarse a Barranquilla en donde fundaron una casa comisionista conectada a Jamaica y exportaban maderas de tinte y algodón. La tradición nos dice que fueron los primeros ricos del caserío. En 1829 John Glen era dueño de 29 bongos, empleaba 100 barqueros y se había convertido en el patriarca del pueblo. Nunca se fue de Barranquilla y falleció en 1880. Su tumba se encuentra en el cementerio universal de la ciudad.
En el censo de 1834 figura Barranquilla con 11.212 habitantes, es decir en unos cincuenta años había cuadruplicado la cantidad de habitantes, la mayoría de ellos atraídos por la actividad comercial.
Por esos mismos años, en el comienzo de la vida republicana de los países latinoamericanos, llegó a Barranquilla Juan Bernardo Elbers, quien había hecho contacto en Jamaica con Bolívar y le otorgó una concesión para introducir embarcaciones a vapor. Elbers formaba parte de un grupo de judíos sefarditas que se habían concentrado en la isla de Curazao, provenientes de Portugal y Holanda con conexiones con New York. Este notable extranjero tuvo muchas dificultades en su empresa y nunca desistió de sus propósitos. El principal motivo de su fracaso fue el aislamiento de Colombia respecto al comercio internacional en los años posteriores a la Independencia. Elbers se trajo varios técnicos extranjeros como Juan Batis, James Patten, Santiago C. Reeves, y un holandés de nombre Julián Coca, quienes atendieron los primeros vapores que llegaron al Rio Magdalena. El propio Elbers se dio cuenta que el volumen de carga y pasajeros en esa época no podía soportar más de un barco navegando y el incremento de los vapores no fue rentable. En la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya Colombia se había integrado al sistema económico internacional a través de la exportación de café, el trabajo pionero de Elbers y su experiencia fueron de mucha utilidad para que Colombia pudiera sacar el tabaco desde las tierras calientes en la ribera del Río Magdalena hacia los puertos del Mar Caribe, especialmente Barranquilla, que fue el punto de salida del tabaco y de entrada de las importaciones.
Los comerciantes y artesanos extranjeros gozaron durante el siglo XIX de cierta protección de sus bienes por parte de los gobiernos y grupos políticos. En las guerras civiles nunca fueron confiscados sus bienes, no debían prestar servicio militar ni estuvieron obligados a hacer préstamos forzosos.

3.- Los primeros consulados a mediados del siglo XIX

Colombia se comenzó a vincular a la economía europea y norteamericana a mediados del siglo XIX a través de las exportaciones de tabaco. Para poder exportar se necesitaban vías de comunicación para llegar a los mercados externos, especialmente Europa. La salida natural era en ese momento el Mar Caribe y había que buscar la opción más favorable, que en ese momento era el Río Magdalena con los vapores que llegaban hasta el puerto fluvial de Barranquilla ubicado a orillas del caño en la actual Calle 30. En un principio, la mercadería era transportada en embarcaciones medianas a través del Canal de la Piña hasta alcanzar la Bahía de Sabanilla, en donde esperaban los barcos para llevar el tabaco hasta Europa. Al no existir otra alternativa, durante dos décadas el comercio de exportaciones e importaciones se hizo a través de la vía Sabanilla, Canal de la Piña, Rio Magdalena y luego río arriba. El caserío de Barranquilla aprovechó muy bien esta circunstancia favorable y se convirtió en el centro de comercio más importante de la costa del Mar Caribe. Santa Marta no pudo conectarse al Río Magdalena y se estancó en su desarrollo comercial. Cartagena no fue capaz de mantener el Canal del Dique que la comunicaba con el gran río y también se estancó. Las dos ciudades coloniales se estancaron para dar paso al caserío de Barranquilla que experimentó en los años finales del siglo XIX un inusitado crecimiento de su vida económica.
Las representaciones diplomáticas en la región del Caribe Colombiano se establecieron después de la guerra de Independencia, especialmente en Cartagena, por haber sido una ciudad y un puerto en el sistema colonial español. Durante el siglo XIX, Cartagena como Santa Marta decayeron en su comercio exterior dando paso al puerto de Sabanilla, que era la salida al mar de Barranquilla como Puerto fluvial. En 1842, un decreto legislativo le permitió a Sabanilla participar en todo tipo de actividades comerciales. En 1849 se hicieron las primeras importaciones por Sabanilla y Gran Bretaña acreditó en este mismo año el primer cónsul en esta localidad. En 1850 lo hizo Dinamarca y en 1859 lo hizo Estados Unidos.
Barranquilla en 1843 tenía 11.150 habitantes y tenía la ventaja de estar ubicada en un caño aledaño al Rio Magdalena y se comunicaba con el mar a través del Canal de la Piña hasta Sabanilla. En este momento la ciudad se proyectaba ya como la conexión más favorable para el comercio exterior colombiano. Los representantes consulares prefirieron ubicar sus residencias en Barranquilla, en donde se comenzaba lentamente a conformar una comunidad de comerciantes extranjeros como mucha influencia en la economía de la naciente ciudad.
En una carta del Vicecónsul norteamericano en Barranquilla William B. Store del año 1858, explicaba las razones por las cuales vivía en Barranquilla y no en Sabanilla que ilustra muy bien el ambiente de la época:
Aunque estoy consciente de que Sabanilla es el sitio donde este consulado debe estar establecido, piso respetuosamente permiso de explicar que se trata tan solo de un villorrio con construcciones de paja donde no se desenvuelve ninguna actividad comercial y si hay un sitio en la Nueva Granada poco apto para vivir, tal sitio es Sabanilla. Todos los cónsules con sede en Sabanilla viven en Barranquilla, con excepción del prusiano….Si este consulado fuese a trasladarse a Sabanilla causaría muchos inconvenientes a los comerciantes, sin favorecer a nadie, pues los capitanes pueden hacer sus diligencias tanto en Barranquilla como en el puerto mismo. Además, el cónsul siempre está listo para trasladarse a Sabanilla cuando se presenta una necesidad”.
En 1860, el cónsul J.W. Magill tuvo que trasladarse con todos sus haberes a Sabanilla. Posteriormente se le permitió regresar a Barranquilla, aunque la representación se siguió llamando Sabanilla hasta 1883.
Los primeros representantes consulares tuvieron que vivir en Sabanilla, debido a que era el puerto de exportaciones que figuraba en los mapas y era el sitio reconocido por las casas comerciales. Al incrementarse el comercio Barranquilla fue superando a Sabanilla y los cónsules se trasladaron a Barranquilla.
Uno de los primeros norteamericanos que llegaron a Barranquilla fue el ciudadano norteamericano de origen judío llamado Carl Hoyer. Llegó a la ciudad en 1851 y falleció en el mes de Abril de 1905. El cronista Miguel Goenaga escribió una sentida crónica sobre Hoyer, quien encarna el espíritu de muchos extranjeros como el, quienes dieron lo mejor que tenían para contribuir a la joven ciudad de Barranquilla. Seguramente de origen sefardí, nació en Curazao en una familia de comerciantes que abarcaban desde Nueva York hasta la costa norte de Sudamérica. En una carta del año 1897, Hoyer se refiere a la gente de la ciudad con estas bellas palabras: “La gallardía y hospitalidad de esta sencilla gente, dejó una impresión perdurable en mi espíritu que no cambia a través de tantos años”. “Y hablar de la gente buena de esta tierra, entre quienes he vivido casi medio siglo, pasando aquí mi juventud y ahora mi vejez. Y solo deseo que la fortuna me sea propicia para hacer siempre algo a favor de mi segunda patria”. La ciudad que pisó por primera vez el cónsul Hoyer era un conjunto de casas agrupadas en calles sinuosas siguiendo la forma del caño en donde atracaban los vapores que bajaban por Río Magdalena. En 1865 fue nombrado cónsul de Estados Unidos para reemplazar al capitán William A. Chapman. Estuvo en el puesto hasta 1866 siendo reemplazado por el distinguido personaje Elías Potter Pellet.
En este momento la ciudad se proyectaba ya como la conexión más favorable para el comercio exterior colombiano. Los representantes consulares prefirieron ubicar sus residencias en Barranquilla, en donde se comenzaba lentamente a conformar una comunidad de comerciantes extranjeros como mucha influencia en la economía de la naciente ciudad.
Entre 1855 y 1860 pasó por Barranquilla el viajero francés Eliseo Reclus, quien describió a Barranquilla diciendo que “Todo anunciaba una ciudad comercial semejante a las de Europa y Estados Unidos. Marineros yendo incesantemente de los bongos a los almacenes para depositar en ellos barriles y bocoyes, mujeres llevando en la cabeza canasta de plátanos y otras frutas, y mercaderes instalados delante de pequeñas mesas ofreciendo sus géneros”. Respecto a la presencia de inmigrantes escribió que “La importancia de Barranquilla se debe casi exclusivamente a los comerciantes extranjeros, ingleses, americanos, alemanes, holandeses, que se han establecido allí en los últimos años<; han hecho de ella el centro principal de los cambios con el interior y el mercado más considerable de la Nueva Granada.”En la pensión donde se alojó, Reclus cuenta que vio “extranjeros de todos los puntos del globo y conversando en inglés”.

La presencia de inmigrantes extranjeros en Barranquilla produjo al paso de los años un problema con el destino final cuando uno de ellos fallecía en Barranquilla. Los hebreos fueron los primeros que tuvieron ese problema y crearon su propio cementerio en un lugar que hoy se llama Plaza de San Mateo en el año 1857, en la actual Carrera 36 entre las calles 39 y 40. Años más tarde, en 1867, miembros de la Logia Masónica Siglo XIX, junto a comerciantes judíos crearon la Sociedad de los Hermanos de la Caridad para promover la construcción del Cementerio Universal, en donde pudieran tener digna sepultura las personas que no eran católicas, entre ellas muchos de los extranjeros que venían llegando a la ciudad. Después de muchos esfuerzos y trámites legales fue inaugurado el 15 de Abril de 1872, cuando fue sepultado el cadáver de la señora Elisa Llanos de Palma. Los hebreos se integraron al Cementerio Universal años después ocupando un  sector de este y el antiguo fue cerrado a fines del siglo XIX. Era una práctica habitual que la iglesia católica no permitiera inhumar en el cementerio a los que no solicitaban los auxilios espirituales de la religión católica. Estos cadáveres eran inhumados detrás del camposanto, donde de igual modo descansaban los suicidas. El Cementerio Universal recibe hasta el día de hoy a todo el mundo, a católicos, católicos renegados, judíos, mahometanos, agnósticos, ateos y los suicidas. 
En el libro Historia de la Sociedad de Hermanos de la Caridad de autoría de Leonelo Marthe, aparece un fragmento de una resolución de la gobernación de la Provincia de Barranquilla de parte del gobernador Erasmo Rieux en el año 1870, de donde destacamos un fragmento que refleja el espíritu de tolerancia y respeto que tuvieron los fundadores del Cementerio Universal. “Barranquilla es una ciudad compuesta de ciudadanos de muchas naciones y pertenecientes a diversas religiones y es ella sin duda la llamada a dar ese ejemplo fraternal y civilizador a los demás pueblos de la república. ¿No vivimos en la mejor armonía y civilidad los ciudadanos de varias religiones y nacionalidades? ¿Y entonces, por qué querer conservar separaciones ni distinciones pueriles en el terreno santo de la igualdad que es la tumba? ¿Vivimos unidos y confundidos en todas las relaciones sociales, y se pretenderá que haya separación en la muerte, cuando ya el hombre no es sino polvo, como dice divina y sabiamente la Escritura?”.


 4.- Las colonias extranjeras durante la época de auge comercial en
      Barranquilla entre 1870 y 1960.   


Las exportaciones de tabaco se hicieron durante unas dos décadas a través del Canal de la Piña desde el puerto fluvial de Barranquilla hasta la bahía de Sabanilla. El aumento de la carga de tabaco y el natural incremento de las importaciones y tráfico de personas, motivaron a la dirigencia de Colombia para planear la construcción de un ferrocarril que conectara al puerto fluvial de Barranquilla con Sabanilla. La empresa Hoenigsberg,   Wessels & Ca. Junto con capitalistas alemanes de la ciudad de Bremen, se encargó de la construcción del ferrocarril. Julio Hoenigsberg y Martin Wessels eran dos hebreos provenientes del puerto de Bremen, quienes pertenecen al grupo de los askenazis. El 1. de Enero de 1872 se realizó el primer viaje por ferrocarril y tuvo un impacto enorme en toda la vida de Barranquilla, que hasta ese momento solo era un caserío insignificante. El nombre que recibió esta obra fue de Ferrocarril de Bolívar, debido a que Barranquilla formaba parte del Estado Soberano de Bolívar, cuya capital era Cartagena. Con esta conexión ferroviaria, que comunicaba a Colombia con el mundo, Barranquilla se convirtió en el punto obligado por donde comenzó a salir el tabaco a los mercados de Europa y por donde también ingresaban las mercaderías provenientes de Europa y Estados Unidos. Junto con las mercancías llegaron también personas de diversas latitudes atraídas por la vida comercial de la ciudad.
En 1875, el periódico El Promotor publicaba los resultados de un censo. Barranquilla tenía 16.549 habitantes, de los cuales 307  eran extranjeros.
Entre los extranjeros se clasificaban de la siguiente manera: 67 holandeses, 46 venezolanos, 36 cubanos, 33 ingleses, 31 norteamericanos, 26 alemanes, 23 italianos, 31 franceses, 5 daneses, 4 suizos, 1 español, 1 peruano, 1 dominicano, 1 portugués y 1 haitiano. La mayoría de los holandeses y los dominicanos eran en realidad sefarditas. También había judíos entre los alemanes e ingleses.

En los registros del pago de impuestos de la ciudad figuran los alemanes como segundo después de los judíos en la cantidad de contribuciones de empresas comerciales en la década posterior a 1870. La gente de la época atribuía el progreso del caserío a la presencia de los alemanes. Aun hoy se escucha en la tradición oral que fueron los alemanes los que hicieron la ciudad a fines del siglo XIX. El escritor Julio H. Palacio, quien nació en Barranquilla en 1875 en el hogar de una distinguida familia de la ciudad, escribió en la década de los cuarenta del siglo XX una serie de artículos sobre la vida política y social de Barranquilla y Bogotá. Estas memorias se publicaron por entregas en el periódico El Tiempo y en 1942 en forma de libro. Palacio es un testigo de excepción respecto al acontecer de Barranquilla y Colombia. En primer lugar por su talento intelectual como observador y escritor y también por sus relaciones familiares que le facilitaron el contacto con las familias pudientes y por cierto con los empresarios extranjeros. Según Palacio: “Barranquilla tuvo siempre un raro privilegio: el de contar no solo con el amor o la consagración de cuantos en ella nacieron, sino también de cuantos llegaban allí a plantar su tienda. El barranquillero no es egoísta, no mira con recelo y desconfianza a nadie. El “Mister” no fue mirado nunca por los barranquilleros con desvío y mucho menos repugnancia porque tuviera los ojos azules y los cabellos rubios. La ciudad fue absorbiendo y asimilando así a norteamericanos, a ingleses, a alemanes, a italianos, a españoles o venezolanos, a judíos, hasta con la migración siria que comenzó a llegar a principios del siglo, ha sido benévola y acogedora Barranquilla. Todas las colonias extranjeras han sabido corresponder a tan cordial acogida”.

En uno de esos artículos nos dice lo siguiente. “Los alemanes que se establecieron en Colombia, que fundaron aquí negocios, empresas, institutos de enseñanza secundaria, fueron por lo general, gentes sanas, honradas, de irreprochables costumbres, y que tomaron cariño y apego a nuestra tierra, al punto que muchos de ellos contrajeron matrimonio con colombianas. Agrega además que los alemanes fueron en su mayoría de tendencias políticas liberales, contrarias al régimen autoritario de Rafael Núñez de esa época. En la guerra civil de 1885, el cónsul alemán Mauricio Siefeken tuvo grandes divergencias con el gobierno por ser la Compañía Alemana de Navegación una de las más importantes.

El educador alemán Karl Meisel, era el rector del Colegio Ribón, el principal de la ciudad a finales del siglo XIX. En las crónicas sobre esta época se leen palabras muy elogiosas sobre la actividad educativa de Meisel, quien vino formando parte de una comisión llegada durante el gobierno liberal de Eustorgio Salgar en 1870. En su actividad docente, Meisel siempre mostró sus simpatías con las ideas liberales. A finales del siglo XX, la familia Meisel es bastante numerosa y se destacan en las más variadas actividades empresariales e intelectuales.  
En un informe del vicecónsul de británico de 1899, los alemanes prácticamente manejaban el comercio de Barranquilla  a finales del siglo XIX. En los años anteriores a la I Guerra Mundial, las casas comerciales alemanas predominaban en número e importancia entre las firmas extranjeras. En 1912 fue fundado el Colegio Alemán para atender a las numerosas familias que querían que sus hijos se educaran en la lengua y la tradición alemana.

En el año 1880 se estableció en Barranquilla el súbdito alemán Louis Gieseken, quien era en realidad de una familia judía sefardita asentada en Alemania. Gieseken fundó con Adolfo Held una compañía con sede en Bremen dedicada a la exportación de varios productos y tuvieron además una imprenta donde editaban un periódico llamado El Anunciador. El conocido almacén estaba ubicado en el barrio San Roque. En 1887 fundó una compañía de vapores, actividad en la cual fue muy importante. Con el correr de los años se enamoró de la dama barranquillera Paulina Conde, quien además de ser bella físicamente, fue una persona de mundo. Pasaba temporadas en Alemania, en París, y en Bogotá, en donde fueron famosas sus reuniones sociales en donde se hablaba de la vida cultural de París.  Cuando se creó la empresa aérea Scadta, Gieseken fue uno de los más importantes contribuyentes financieros. Al quedarse definitivamente en Barranquilla pasó a formar parte de la elite social de la ciudad y participó activamente en la fundación del famoso Club Barranquilla.

Durante este período de auge comercial y cultural se destaca la figura del norteamericano Elías Porter  Pellet, quien fundó la Imprenta Americana, donde se imprimió el periódico The Shipping List que marcó toda una época gloriosa de Barranquilla llena de progreso y prosperidad. En 1866 fue nombrado encargado de la agencia consular en Sabanilla, es decir Barranquilla como residencia. Llegó a la ciudad el 28 de Agosto del mismo año, ya que hacía algunos años que el consulado se había trasladado desde Sabanilla. El señor Christopher Hoyer era en ese entonces el encargado del despacho, de quien recibió el archivo y asumió el cargo el 1. de Septiembre de 1866.
Con el aumento del comercio, la oficina de Pellet fue elevada a la categoría de Consulado de los Estados Unidos. Pellet se mantuvo en el consulado hasta el año de 1880. Además de cónsul, fue un conocido personaje del cual se cuentan curiosas historias. Se dice que tenía un paraguas con un letrero visible en inglés y en español que decía “Robado a E.P. Pellet”. Como acostumbraba a vestirse de manera sencilla, un día le dijeron que pusiera mas cuidado con su indumentaria, a lo que el respondió con el argumento de que todo el mundo lo conocía, pero cuando quiso hacer un viaje a Santa Marta no se vistió de manera elegante porque allí lo conocía todo el mundo. Se cuenta que durante los 16 años a la cabeza del consulado nunca le devolvieron nunca un papel por equivocado o incompleto. Acostumbraba a decir que “Una brillante estrella le señaló el camino de Colombia”. Al poco tiempo de haber llegado se casó con la dama barranquillera doña Petrona P. Salcedo, con quien tuvo una hija y un hijo. En el siglo XX, su nieto Elías Pellet Buitrago fue el iniciador de la radiodifusión en Colombia.
El Martes 16 de Julio de 1872 salió el primer número del periódico The Shipping List redactado en inglés y para informar a todos los interesados de los movimientos del puerto, informaba sobre las fábricas que se fundaban, las obras sociales, asuntos políticos y también temas de la literatura universal. Se hacían unos 300 ejemplares de cuatro páginas y circuló durante 30 años. El primer club social de la ciudad fue fundado en la sala de la imprenta americana con el nombre de Club de Comercio. Posteriormente este club se transformó en el conocido Club Barranquilla, subsistió hasta fines del siglo XX.  
 El progreso experimentado por la ciudad fue registrado por Tomás Dawson, cónsul norteamericano en 1884, quien informaba  a Washington que: “Desde el río se ve la ciudad con sus edificaciones sólidas y arqueadas que ocupan una gran extensión y sus chimeneas de fábricas y vapores, que botan humo y fuego en pulsaciones constantes. Todo esto, contra un telón de verde tropical, da una sensación de solidez, grandeza y actividad que rara vez se encuentra bajo los cielos tropicales y que coloca a Barranquilla a la vanguardia de la ciudades de Colombia”.
En este ambiente de progreso de fines del siglo XIX, se destaca el norteamericano Mr. William Lladd con al menos tres grandes aportes a la ciudad. En primer lugar, fue quien inició la telefonía en 1885 como agente de la Compañía Colombo-Antillana de teléfonos. La primera llamada se produjo entre Barranquilla y Soledad el día 7 de Agosto de 1885. También fue el fundador del Colegio Americano para varones junto a Mr. Vandelbirt, institución que ha formado hasta el día de hoy a destacadas personalidades de la vida de la ciudad. Compró unos terrenos en la parte alta de la ciudad para hacer una urbanización que fue bautizada con el nombre de su ciudad de origen que era Boston. 
En 1873 fue creado el Banco de Barranquilla como una compañía anónima de comerciantes colombianos junto con judíos, alemanes, franceses y venezolanos, entre otros. Su primer gerente fue el austríaco August Strunz.
En este período de crecimiento comercial, los hermanos Rafael y Napoleón Salcedo Ramón, judíos sefarditas, fundaron la primera fábrica en Barranquilla con maquinarias traídas desde Estados Unidos para producir aceite vegetal. El nombre de esta fábrica fue el de La Industria.
En el año 1875, en una gran crisis del sistema capitalista mundial, Colombia perdió los mercados para el tabaco en Bremen, Hamburgo y Liverpool. Cayeron las exportaciones ante la competencia de otros tabacos de mejor calidad, como por ejemplo el de Sumatra.  El Ferrocarril de Bolívar, que fue construido para el transporte de tabaco, finalmente sirvió para el transporte de café, que comenzó a exportarse desde principios de la década de los años ochenta del siglo XIX. Ante el aumento de la cantidad de sacos de café, fue necesario construir un muelle en la llamada bahía de Cupino, punto hasta donde se extendió la línea del ferrocarril. El nombre de este pequeño puerto fue de Puerto Colombia, en donde se inauguró el nuevo muelle para atender a los barcos de gran calado de la época. Durante la presidencia de Rafael Núñez, el muelle de Puerto Colombia fue reforzado y prolongado a cargo del ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros en 1894, consolidando de esta manera la posición privilegiada de Barranquilla como único puerto de exportación de Colombia. Los empresarios, funcionarios estatales y los extranjeros con sus respectivos cónsules se radicaron definitivamente en Barranquilla.
La figura de Cisneros como empresario y político fue relevante en todo el país. Los contratos con el gobierno colombiano los hacía casi siempre directamente con los gobernantes. La ampliación del muelle de Puerto Colombia se hizo con el presidente cartagenero Rafael Núñez, con quien mantuvo una gran amistad. Cisneros nació en Santiago de Cuba en el seno de una familia española aristocrática y con tradición militar. Se educó en La Habana y en los Estados Unidos. Tuvo que abandonar Cuba porque el régimen español había ordenado su captura por su apoyo a los patriotas que iniciaron la lucha por la independencia. Fue condenado a muerte y logró huir disfrazado de Goajiro con ropas sencillas como un vulgar polizonte en un barco que lo llevó a Nueva York.
En Barranquilla se involucró en la vida social y cultural y cuentan que en una oportunidad, y al mejor estilo de la Belle Epoque, se enfrentó a otro personaje de la ciudad en un duelo que finalmente se arregló entre los padrinos.  A nivel nacional es conocida la obra del ferrocarril que unió a Medellín con el Rio Magdalena en Puerto Berríos. En Barranquilla constituyó en 1896 una compañía comercial con otros dos socios para iniciar la construcción de un sistema de tranvías para Barranquilla. Al morir su esposa en 1898 se enfermó y quiso regresar a Nueva York buscando ayuda médica, pero antes quiso recorrer el tramo entre Medellín-Puerto Berríos por última vez. El 31 de Mayo abandonó Colombia desde el famoso muelle de la bahía Cupino y falleció en Nueva York el 7 de Julio del mismo año. No dejó patrimonio económico a sus herederas las hijas adoptivas del matrimonio con Carmen Elosegui. Es curioso que un hombre tan emprendedor no haya acumulado dinero durante su vida. Lo más probable es que se trataba de un hombre muy honrado y, además, se sabía que siempre estaba enviando ayuda a los revolucionarios cubanos que luchaban por su independencia de España. Un siglo después, Cisneros es quizás la figura más representativa de aquella época de progreso que experimentó la ciudad a fines del siglo XIX.  
Pero hay otros cubanos que llegaron a la ciudad y que han dejado huellas, como el intelectual Emilio Bobadilla alias Fray Candil, quien estuvo tres meses en el año 1898 y escribió una novela titulada  A fuego lento, en la cual describe una ciudad muy parecida a Barranquilla con el nombre de Ganga. Más de un siglo después, esta novela sigue siendo un referente para todos los interesados en la literatura y la historia de la ciudad. A fines del siglo XIX aparece el empresario cubano Luis G. Pochet, quien se hizo conocido por haber obtenido el monopolio de la producción de hielo en la ciudad de parte del personero municipal de la época. En el siglo XX, los descendientes de Pochet figuran como prestantes ciudadanos de Barranquilla en varias actividades comerciales.
Al finalizar el siglo XIX, aparece en Barranquilla una figura litreraria interesante. Se trata del sefardita Abraham Zacarías López-Penha, perteneciente a una familia involucrada a las actividades comerciales y empresariales de ese momento. Abraham es considerado por el escritor Ramon Illán Bacca como un pionero del modernismo en la poesía colombiana. Fue el propietario de la Librería Popular, la única que había en la ciudad a fines del siglo XIX. Publicaba en París y estaba en contacto con las más importantes tendencia de la cultura occidental de esa época. 
Varios viajeros que pasaron por Barranquilla en la segunda mitad del siglo XIX, destacaron la importancia de los extranjeros en el desarrollo económico y cultural de la ciudad actuando como empresarios. El inglés Pahnor J. Eder escribió en un libro titulado Colombia, publicado en 1913 que los extranjeros que “…han mantenido esta ciudad desde hace treinta o cuarenta años, a la vanguardia del progreso en Colombia”.  También fue vista como una ciudad cosmopolita al observar que convivían diversas razas y  culturas. En el año 1892 había en la ciudad 16 representaciones consulares.
El cónsul de Bélgica O. Berne, quien era además vicecónsul de Francia en 1892, importaba mercancías de varios países europeos y era representante de compañías alemanas de transportes y seguros.

Los sirios, libaneses y palestinos comenzaron a llegar a Colombia en la década de 1880 en adelante por muchos motivos. Desde principios de siglo comenzaron a radicarse en Barranquilla. Según un observador, el agregado comercial norteamericano Bell, en 1921 los sirios formaban “posiblemente el elemento más numeroso e importante en la vida comercial y de negocios en los centros costeños”.
En 1914 se estableció una sociedad denominada Unión Siria conformada por varias personas, entre ellas el libanés Juliam Chams, quien contrajo matrimonio con la también inmigrante Isabel Eljach. Tuvieron tres hijos, William, Alicia y Olga, nacida en 1922 y en la actualidad la poetisa más importante del siglo XX en Barranquilla conocida con el seudónimo de Meira Delmar. Cuando se constituyó esta sociedad se escribió un documento señalando los principios que la motivaron y del cual destacamos lo siguiente: “El objeto único y principal que esta sociedad propone es el de realizar la unión cordial de todos los sirios residentes en esta ciudad y los que de tránsito se encontraren en ella. Quedan no solo fuera de sus fines, sino absolutamente prohibida toda ingerencia política o religiosa y prohibidas también las discusiones que asuman ese carácter”.

La actividad económica de Barranquilla estaba durante este período de auge concentrada en el puerto fluvial en el actual centro histórico a orillas del caño en la llamada Intendencia Fluvial, adonde llegaban los vapores cargados de café de las montañas del interior. Todo lo relacionado con los vapores, es decir, su construcción, reparación, mantenimiento y el pilotaje a lo largo del río Magdalena, fue una actividad en que participaron muchos extranjeros, sobre todo en los oficios que exigían cierta preparación. En 1847 llegó desde Escocia el primer Macausland a Barranquilla como contador del vapor llamado Unión, luego derivó a la ingeniería y también fue capitán de vapores. Sus descendientes también continuaron en el mismo oficio y en 1927 Roberto Macausland aparece como presidente de la sociedad de capitanes. Del mismo modo, otras familias figuran como vinculadas a tan importante actividad para la ciudad, como por ejemplo la familia Glenn, los Duncan, la familia del inglés Edward Steel Geisle, Manuel Betancourt, los sefarditas Senior y Salcedo, etc. La mayoría de los extranjeros eran mecánicos, contabilistas, ingenieros, herreros, etc.
Los capitanes eran algo especial y algunos se hicieron conocidos por su carácter que le infundía al vapor cierta categoría que los pasajeros y comerciantes los preferían. En 1889, el escritor bogotano Salvador Camacho Roldán escribió que “El Capitán Chapmann, muy popular en el Magdalena por su benevolencia general y buen trato a los pasajeros”.  El cronista Miguel Goenaga nos dejó una semblanza del capitán John Glenn de la Rosa, a quien describió como una persona estudiada en Norteamérica, decente y esperado por la limpieza y presentación de los tripulantes. Los vapores eran generalmente construidos en el extranjero y llegaban a Colombia con sus oficiales asignados que eran extranjeros. Esto explica una de las razones por las cuales los vapores fueron una actividad propia de extranjeros.



5.- Barranquilla a principios del siglo XX
En la memoria histórica de los colombianos, el siglo XX comienza cuando termina la Guerra de los Mil Días en Octubre de 1902, la separación de Panamá en 1903 y la elección como presidente de la república del general Rafael Reyes en 1904. Estos tres importantes acontecimientos dieron inicio a una nueva época en la historia de Colombia. Se acabaron las guerras civiles y los levantamientos armados y se vivió en paz hasta 1948, cuando después de la muerte del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, se inicia una fase de violencia que dura hasta nuestros días. Durante estos 46 años de paz el país creció en su economía basada en las exportaciones de café, actividad que puso en movimiento a varias regiones del país donde se sembraba el grano, y en la Costa Atlántica, Barranquilla fue el paso obligado de casi todo el comercio exterior colombiano a través de la conexión del Ferrocarril de Bolívar que unía al Rio Magdalena y el muelle de Puerto Colombia. Todo esto creó un ambiente propicio para el surgimiento de diversas empresas comerciales e industriales y además de manifestaciones de tipo intelectual y artístico. En todas estas actividades participaron inmigrantes de los países con los cuales Colombia mantenía lazos de intercambio comercial. 

Varios extranjeros participaron en las primeras experiencias de aviación en Barraquilla. El 18 de Junio de 1919, el aviador norteamericano William Knox Martin en compañía de Mario Santodomingo realiza el primer vuelo de servicio postal entre Barranquilla y Puerto Colombia. El vicecónsul norteamericano Julio Freund ofreció un brindis con champaña en el Club Barranquilla. Una década después se estableció en Barranquilla la empresa de aviación comercial Panamerican Airways en el mes de Abril, lo que motivó a los empresarios para invitar al famoso Águila Solitaria Charles Lindbergh, quien fue el primero en cruzar el océano atlántico en 24 horas con su pequeño monomotor en 1927 entre Nueva Cork y París. Fue recibido con alegría en el hidropuerto de Veranillo para celebrar el inicio de la conexión aérea entre Colombia y los Estados Unidos.

Dos meses más tarde, Knox Martin realiza otra proeza cuando desde su pequeño monomotor lanzó desde el aire una corona de laurel sobre las tropas del ejército que conmemoraba en el Puente de Boyacá el centenario de la batalla y el inicio de la República de Colombia en 1819.
Poco después se inició la formación de la Sociedad Colombo-Alemana de Transporte Aéreo (Scadta) en 1919 por empresarios alemanes, colombianos y judíos, la primera empresa comercial de este tipo en todo el continente sudamericano que constituyó un motivo de preocupación para los Estados Unidos hasta el comienzo de II Guerra Mundial. El 5 de Diciembre de 1919 comparecieron ante la Notaría Segunda de Barranquilla los señores Alberto Tietjen, Rafael María Palacio, Werner Kaemmerer, Jacobo A. Correa, Arístides Correa y el sefardita Ernesto Cortissoz. Esta empresa finalmente se convirtió en Avianca en la década de los años cuarenta. 
El 12 de Septiembre de 1920 a las diez de la mañana levantaba el vuelo desde los hangares de Veranillo el hidroavión que llevaba en nombre de Colombia. Este vuelo fue el primero que se hacía como aviación comercial en Latinoamérica. 
Ernesto Cortissoz, cofundador de la Scadta, tuvo un final trágico al estrellarse el hidroavión Tolima en la ciudad el 8 de Julio de 1924 contra la casa de la familia Glenn Salcedo, piloteado por Hellmuth Von Kron y en donde perdió la vida este pionero de la aviación en Colombia. En su honor, el aeropuerto de Barranquilla lleva su nombre. Su hijo, Ernesto Cortissoz, distinguido ingeniero de la ciudad fue uno de los fundadores de la Universidad del Norte. Los Cortissoz llegaron desde Curazao a la ciudad en el siglo XIX y se asimilaron a la sociedad barranquillera por matrimonios y muchos de ellos se convirtieron al catolicismo. El primero de los Cortissoz en llegar a Barranquilla fue Jacobo, quien se casó con Julia Álvarez Correa con quien tuvieron 14 hijos. Fue un hombre de mucha proyección social y cívica, fue miembro de la masonería en la Logia Siglo XIX en donde alcanzó altos grados jerárquicos.
En el Boletín Municipal de Estadística de Barranquilla del año 1931 figuran extranjeros de por lo menos 42 nacionalidades. En 1933, había no menos de diez clubes sociales como el angloamericano, alemán, italiano, español y uno chino.
Algunas cifras:
1875: unos 300 extranjeros
1912: 860
1918: 1.595
1928: 4.379
1951: 5.379

Los italianos y los españoles eran muy numerosos y se dedicaron a trabajar en diversos oficios y en todos los niveles de la escala social. Eran trabajadores, empleados y empresarios. Entre los empresarios se destacan la firma Antonio Volpe y Cía. Y la Paccini y Puccini, miembros destacados de la de la comunidad empresarial de la ciudad.
Un italiano de nombre Ítalo Amore llegó a Barranquilla en 1927, de profesión ingeniero electrónico y discípulo del famoso inventor italiano Guillermo Marconi. Fue invitado por el gobierno colombiano para el mejoramiento de las comunicaciones electrónicas. Se estableció en Barranquilla para iniciar una central de comunicaciones inalámbricas para servicios nacionales e internacionales en el barrio Las Delicias. Organizó un club de radioaficionados, quienes usaban elementos rudimentarios y otros importados de Estados Unidos para captar las ondas de radio de onda corta. Con un selecto grupo de personas se fundó el primer Club de Radioaficionados de Barranquilla.
A Elías Pellet Buitrago, nieto del famoso cónsul norteamericano del siglo XIX, le corresponde ser el iniciador de la radiodifusión comercial en Barranquilla y en Colombia en 1929. Sede nominó La Voz de Barranquilla con la sigla H.K.D. y transmitía desde su casa cerca a la actual Catedral Metropolitana en la calle del Líbano (Carrera 45).
La inmigración inglesa en Barranquilla fue insignificante, sin embargo existió una famosa Pensión Inglesa. Participaron en el proceso de creación y ampliación de las obras ferroviarias y portuarias de Puerto Colombia. Tuvieron participación en la empresa Railway Company y en las sucursales de tres bancos ingleses en 1930.
Como los ingleses, los franceses inmigrantes fueron pocos en comparación a italianos, alemanes, judíos, españoles y norteamericanos. En el siglo XX vivió en la ciudad un descendiente de un inmigrante francés de gran prestigio nacional e internacional en el campo de la ciencia. Se trata de Armando Dugand Gnecco, biólogo autor de libros pioneros en el pensamiento ecológico de Barranquilla. El padre Francisco Víctor Dugand llegó a Riohacha en 1872 y desposó a la dama criolla de nombre Reyes Gnecco Coronado. De esta unión nació Armando Dugand Gnecco. En 1905 llegaron a Barranquilla para fundar el famoso Banco Dugand, que financió el primer libro de historia de la ciudad a cargo de José Ramón Vergara y Fernando Baena titulado Barranquilla: su pasado y su presente, publicado en 1922 y de amplia difusión y referente obligado de los historiadores de la ciudad. En 1907,  Francisco Víctor Dugand se regresó a París en donde falleció. Su hijo Armando tuvo la oportunidad de formarse en Francia, luego continúa en New York su preparación como biólogo. Regresa a Barranquilla, se casa con Sarita Roncallo, hija de un destacado empresario y se traslada a Bogotá a la Universidad Nacional. Después de participar en importantes proyectos de investigación de la fauna y la flora de Colombia, regresa a Barranquilla por razones de salud en donde termina sus días a los 65 años de edad.
 A fines del siglo XIX llegó a Colombia proveniente de Panamá Jean Marie Marthe, seguramente vinculado a la empresa de Fernando de Lesseps interesada en construir un canal en el istmo. En Bogotá se casó con una dama boyacense con quien tuvo cuatro hijos. No se sabe cuando llegó a Barranquilla, salvo que su segundo hijo llamado Manuel nació aquí en 1881. La tradición cuenta que vivió en el Barrio Abajo donde tuvo una panadería donde fabricaba un apetecido “pan francés”. Manuel Marthe estaba estudiando ingeniería en Bogotá cuando el 1. de Agosto de 1914 estalló la I Guerra Mundial e inmediatamente se acercó al consulado y se ofreció como voluntario. Poco tiempo después se despidió de su familia y desde Barranquilla tomó el barco que lo llevó a Francia. Desde las trincheras de la guerra europea, Manuel escribió cartas y tarjetas postales a sus familiares, las cuales fueron conservadas por sus descendientes. De esta familia Marhte provienen interesantes personalidades que hacen o hicieron su vida en Barranquilla. El médico Leonello Marhte, quien escribió libros sobre las cofradías masónicas del siglo XIX, la correspondencia de Manuel Marthe desde las trincheras de la primera guerra. Norma Marthe aun trabaja en la Universidad del Norte en donde ejerció durante tres décadas como profesora de idioma español y otro descendiente es un conocido director de coros en Barranquilla.    

La importante influencia norteamericana en Barranquilla continuó en el siglo XX con la familia Parrisch, que fundaron la urbanización El Prado en 1921 en asocio a los hermanos De La Rosa y participaron en proyectos de urbanización de la ciudad. Hasta el día de hoy sus descendientes continúan trabajando en proyectos urbanísticos. Karl C. Parrisch figura como uno de los más importantes fundadores de la Universidad del Norte en 1965. El primer Parrisch llegó a Colombia en 1904 como ingeniero de minas como empleado de una firma que operaba en el sur del departamento de Bolívar. Después de viajar a Estados Unidos buscando inversionistas, se decidió a quedarse en Barranquilla. En una carta a un amigo escribió en 1920 que: “Barranquilla se está convirtiendo en una verdadera ciudad próspera. Todo está floreciendo y tal parece que será la mayor ciudad comercial al norte de Sur América. Es un lugar muy cosmopolita”.
Samuel  L. Hallopeter es un interesante personaje de la colonia norteamericana en la ciudad de Barranquilla. Llegó a la ciudad para servir de garantía a los créditos norteamericanos que se utilizaron para los servicios públicos y fue nombrado en 1925 como Director General de las Empresas Públicas Municipales  de la ciudad.  Hallopeter gozó de alta estima entre la ciudanía y fue famoso por su pulcritud, cumplimiento y honradez propios de un norteamericano con formación puritana. Hallopeter se graduó de ingeniero en la Facultad de Arquitectura e Ingeniería del Estado de Ohio y tuvo a su cargo la construcción de un moderno acueducto con una planta de filtración de agua potable. Naturalmente toda la maquinaria y la tecnología era norteamericana, como también el suministro de energía eléctrica de la empresa que era una filial de la American and Foreign Power Company. En  el año de ya 1928 la ciudad entera disfrutaba las 24 horas de agua de la mejor calidad. La financiación de las obras se hizo con la Central Trust Company of Illinois, entidad que actuó como fideicomisario del empréstito. La directiva estaba conformada por Hallopeter nombrado por el banco norteamericano, otro miembro era nombrado por la Cámara de Comercio y un tercero por el Consejo Municipal de Barranquilla. De esta manera se aseguró el pago de las mensualidades obtenidas por las entradas de la empresa. Unos pocos años después y cuando se terminó de pagar el crédito Hallopeter abandonó el país en 1960 Ante incapacidad del Concejo Municipal de administrar las Empresas Públicas, estas comenzaron a deteriorarse hasta su fracaso en los años ochenta del siglo XX y su liquidación definitiva en 1994. Aun los habitantes recuerdan la técnica de pavimentación conocida como “Macadam”, una novedad tecnológica que el aplicó en las calles de Barranquilla, entre las cuales muchas se conservan hasta el día de hoy.
Este interesante personaje también participó activamente en la construcción del Estadio Municipal de Barranquilla iniciada en 1928 en la calle 72 con carrera 44 que albergaba a 4 mil espectadores. En este proyecto se involucraron también otros extranjeros como William Ladd, Tomás Surí Salcedo y Nicolás del Vecchio, quienes donaron los terrenos para la construcción del campo deportivo y los hermanos Parrisch como constructores. La gran motivación para construir el estadio eran los III Juegos Deportivos Nacionales programados para el año 1935 y fue inaugurado por el presidente Alfonso López Pumarejo. A los norteamericanos también les correspondió iniciar la práctica del Golf y la natación en las instalaciones del Country Club en 1927. Y los alemanes impulsaron la construcción de una piscina olímpica en 1939 con la misma empresa que había hecho algo similar en las Olimpíadas mundiales en Berlín en 1936.

Las grandes construcciones, los nuevos barrios, los adelantos tecnológicos de los servicios públicos y de las calles no fueron suficientes para solucionar un problema viejo que hasta el día de hoy persiste, se trata de los famosos arroyos. Un viajero que estuvo en la ciudad en el mes de Junio de 1929, el escritor y diplomático boliviano Alcides Arguedas nos relata lo siguiente: “Calor pesado, cielo cubierto; rayos y centellas. De pronto se abren las cataratas del cielo y cae una lluvia de gotas gruesas. Por las calles sin empiedra, corren primero los hilos de agua, luego, arroyos, y, por fin, torrentes que inundan toda la calzada y dan a las vías el aspecto de una Venecia tropical. Los automóviles ruedan hundidos hasta los ejes y arrojando chorros de agua lodos a al interior de las tiendas…El espectáculo resulta entretenido y curioso.”
Los hermanos Parrisch se involucraron de manera decisiva en el proyecto de construir un puerto fluvial y marítimo a orillas del Rio Magdalena con las necesarias obras de canalización de su desembocadura que impedía el paso de los barcos. Esta era una vieja idea que venía desde el siglo XIX y formulada por primera vez por Aníbal Galindo en 1875. Hasta 1920 Barranquilla se estaba desarrollando bien con su conexión ferroviaria hasta Puerto Colombia, pero Cali comenzó a operar en el Puerto de Buenaventura y se convirtió en una amenaza para la vía del Río Magdalena. En la década de los veinte el Puerto de Buenaventura aumentaba cada año el volumen de carga mientras disminuía la carga por la conexión Barranquilla- Puerto Colombia. La dirigencia de Barranquilla se decidió por el traslado del puerto hacia el río y necesitó grandes inversiones para los tajamares de Bocas de Ceniza. Nuevamente los bancos norteamericanos fueron decisivos para la realización del proyecto. Los hermanos Parrisch fueron los encargados de tramitar los préstamos y de incidir en la ejecución de la obra, la cual fue inaugurada con grandes festejos el 22 de Diciembre de 1936.
La dirigencia local de Barranquilla vio en las obras de Bocas de Ceniza la única garantía de sobrevivencia como puerto ante el desafío de Buenaventura, que precisamente en 1935 había superado a Barranquilla en toneladas exportadas. Para los norteamericanos Parrisch, en cambio, según consta en una carta de 1931, la construcción del terminal marítimo con los tajamares a orillas del río “pondrían en contacto con el litoral millares de hectáreas de tierras fértiles agrícolas a lo largo del Rio Magdalena, poniendo sus productos al alcance de transportes marítimos en todas partes del mundo. Todos los productos del Magdalena, del Bajo Cauca, del San Jorge, del Cesar y otros ríos, podrían surtirse con transporte barato a los puertos extranjeros”. Esta visión que tuvo Karl C. Parrisch solo fue una ilusión, porque en los años que siguieron y hasta principios del siglo XXI, el puerto de Barranquilla ha sido más bien un importador de alimentos, al contrario de lo que se imaginó uno de sus grandes precursores. Esta visión de una región con una agricultura eficiente y exportadora fue ratificada por el Consejo Nacional de planeación en 1952 cuando al referirse a Barranquilla afirmó que “Su futuro no está vinculado tanto a su posición de puerto, aunque esta condición será siempre importante, como a la explotación de la gran región interior del Magdalena, Bolívar y Córdoba”. A comienzos del siglo XXI, estas propuestas cobran plena actualidad en las discusiones sobre el futuro de Barranquilla como puerto. La decisión de abandonar el Muelle de Puerto Colombia, por donde entraron tantos inmigrantes, también significó el abandono del llamado centro histórico de Barranquilla a orillas del Caño donde atracaban los vapores para el tráfico comercial. De este modo, la vieja Barranquilla a la cual arribaron para quedarse tantas familias, se fue deteriorando lentamente hasta convertirse nuevamente en el mercado donde compra la mayoría de los habitantes de la ciudad en medio del abandono por parte de las autoridades.

El un libro de Arturo de Castro, publicado en 1942, se encuentra un registro con una lista de los consulados que existían en Barranquilla en ese año.
Argentina: Luis Fristachi Puggio
Bélgica: E.A. De la Rosa.
Holanda: I.J. de Hart.
Honduras: Emirto de Lima.
Bolivia: Ismael J. Insignares.
Costa Rica: Clemente R. Insignares
Chile: José Sampelayo Calvetti
Cuba: Enrique Buitrago R.
Dinamarca: Gaspar Galster
Ecuador: Carlos Chiriboga
Estados Unidos: Nelson R. Park
España: Juan Sarasua
Gran Bretaña: Harold Fergusson Bateman
Grecia: Luis Bancelin
Guatemala: Efraim Curiel
Haití: Rafael C. Dugand
Liberia: Emirto de Lima
México: M. Abello Falquez
Noruega: Rafael C. Dugand
Nicaragua: José V. Dugand Jr.
Portugal: Carlos González Rubio
Perú: Hernán Febres Parra
República Dominicana: Luis Carlos Baena
Suecia: José Domingo Pumarejo
Suiza: Ernesto von Gunten
Venezuela: Hernán Febres hijo.


Hasta 1940. Barranquilla mantuvo su posición como el principal puerto de exportaciones e importaciones de Colombia. La única amenaza a esta situación privilegiada era la conexión Cali-Buenaventura que competía con la vía Barranquilla-Puerto Colombia. En el siglo XIX, Cali intentó buscar una salida a su comercio exterior por Buenaventura y se construyó una carretera y un ferrocarril, pero de nada les sirvió porque en el Océano Pacífico estaba prácticamente dormido y toda la vida comercial era en el Océano Atlántico. La única solución se vislumbró en comunicar los dos océanos a través de un canal en Panamá. Después de muchas peripecias estuvo listo en 1910, poco antes de la I Guerra Mundial, pero no pudo funcionar debido a las tensiones de la guerra. Pero a partir de 1920 el Canal de Panamá comenzó a funcionar plenamente y la conexión Cali-Buenaventura aumentaba cada año los volúmenes de carga. Los dirigentes de Barranquilla estuvieron conscientes de esta amenaza y tomaron la decisión de construir un puerto moderno a orillas del Río Magdalena. Para lograr este objetivo se construyeron los tajamares de Bocas de Ceniza para permitir que los barcos entraran por la boca del gran río hasta el Terminal marítimo y fluvial. Estas obras civiles fueron apoyadas y dirigidas por los hermanos Parrisch, quienes consiguieron empréstitos en bancos norteamericanos. Todos estos esfuerzos no pudieron evitar que Barranquilla perdiera su liderazgo portuario y en los años sesenta dejó de exportar café. En los años posteriores a la Segunda Guerra, se produjo un corto renacer, como milagro casi, que hizo revivir nuevamente la ilusión que Barranquilla retomara nuevamente la senda del progreso iniciada a fines del siglo XIX. La década entre 1947 y 1957 fue el final del período de auge comercial, industrial, cultural y social en la historia de la ciudad. 
Varios viajeros que pasaron por Barranquilla en la década de los cuarenta nos muestran una ciudad más o menos organizada como lo estaban otras ciudades latinoamericanas.
El escritor inglés Christopher Isherwood recorrió el nuevo mundo entre 1947 y 1948 y dejó una descripción de la ciudad. Todavía funcionaban los vapores que llevaban a los pasajeros hasta los puertos ribereños que conducían a Medellín o a Bogotá. Este inglés cuenta que “Casi toda Barranquilla es moderna, bastante limpia, pero no particularmente interesante. En el Barrio El Prado, donde queda nuestro hotel, hay quintas mas o menos lujosas, algunas moriscas, otras semiclásicas, de impresionante fealdad”. Le llama la atención el acueducto y cree que la ciudad tiene unos 200 milo habitantes. Continúa diciendo que “Las edificaciones son encantadoras, sin una mancha, como un cuarto de baño bien cuidado, y rodeadas de prados y jardines”. En su relato, el escritor inglés escribe una nota curiosa sobre el Hotel El Prado, en donde:”Hay varias norteamericanas que se alojan aquí desde hace meses. Son las divorciadas de los empleados de la Tropical Oil Company, que tiene campamentos y campos a lo largo del río Magdalena. Están esperando mudarse a apartamentos o casas, que aquí son caras y difíciles de encontrar. Se sientan en torno al jardín, aburridas de muerte y bostezando con pereza. La energía de sus hijos las conserva en un perpetuo estado de irritación- Ocasionalmente, al pasar un hombre atractivo, sus hijos pueden revelar un inútil destello de interés. Supongo que tienen sus sueños y sus secretos. Pero llenan el lugar con una atmósfera de resentida tristeza.” El viajero se alegró al encontrar en el lobby del hotel un ejemplar del día del Miami Herald que traen por avión desde Florida.

Mientras en el resto de Colombia se desataba una violencia que dura hasta nuestros días, Barranquilla se mantuvo al margen de esos conflictos y fue “un remanso de paz”, como un día tituló el periódico El Heraldo. El inmigrante italiano Pedro Biava fue una destacada figura en el campo de la música y fue el fundador y director de la primera escuela de música y de la primera orquesta filarmónica de la ciudad en el edificio de Bellas Artes. Años más tarde la institución pasó a formar parte de la Universidad del Atlántico. A principios del siglo XX, la mayoría de los músicos tienen algún tipo de relación con la obra educativa de Pedro Biava. En la década de los cincuenta el escritor Gabriel García Márquez se inspiró en Biava cuando creó el personaje de Macondo que tocaba el piano con el nombre de Pietro Crespi. Llegó un día de Agosto de 1926 al muelle de Puerto Colombia junto a otros músicos como el pianista Alfredo Squaretta, los violinistas Álvaro y Tulio Bacilieri y el chelista Venancio Brunetti. El instrumento de Biava era el clarinete. Como recién llegados, les tocó trabajar en lo que había, que era tocar en las salas de cine mudo que tenían los italianos Didoménico en el Teatro Colombia.
Pedro Biava fue acogido por el músico Luis Felipe Sosa y contrajo matrimonio con su hija Mercedes de quien nacieron varios hijos que continuaron la profesión de músico en Barranquilla y en el exterior. Como la ciudad vivía en esos años una prosperidad económica importante, se involucró en el proyecto de crear una orquesta filarmónica en 1933, pero solo fue realidad en 1943 cuando se presentó por primera vez una verdadera orquesta con 42 músicos dirigidos por Pedro Biava. Al calor de esta orquesta se formaron muchos músicos de la ciudad y la región y surgió el conservatorio de música en el edificio de Bellas Artes, en donde existe un busto y el nombre del departamento de música lleva su nombre. Aun enseñan allí alumnos directos de Biava como el director de coro Alberto Carbonell y la profesora de piano Rosalba Reina, entre otros. A pesar de la “apatía oficial”, este italiano llegó a montar las óperas como Rigoletto y La Traviatta y se convirtió en una leyenda entre los músicos de Barranquilla y del Caribe. 
En los años cincuenta del siglo XX se comienza a sentir la presencia de la inmigración árabe en diferentes aspectos de la vida económica, política y cultural de la ciudad. Esta influencia se vio acompañada con la creación de varios consulados, como del Líbano en 1952 a cargo de Nicolás Saade Sarraf; de la República Árabe Unida en 1959, Egipto en 1962 a cargo de José M. Daccarett; de Jordania en 1963 a cargo de Afif Siman Jacir y en 1971 el consulado de Siria con Issa Sabbag Issi.
El inmigrante palestino Elías M. Muvdi  Chajuan, quien llegó a la ciudad en 1891, había dejado en su testamento el deseo de donar unos terrenos para fines educacionales y para un parque, el cual se cumplió en 1959 con la donación de 101 hectáreas en el lugar llamado El Limón.  En los años que siguieron se destacó su hijo Elías  Muvdi Abufele como escritor y gramático, siendo aceptado en la Academia Colombiana de la Lengua. Junto a Meira Delmar se constituyen en dos referentes obligados de las letras y la literatura de Barranquilla en el siglo XX.
La cultura árabe en general en sus diversas nacionalidades se arraigó en la vida del barranquillero a través de las comidas. Tal es así que a principios del siglo XXI algunas comidas son ya  parte de la tradición de la ciudad. Algunos ejemplos son el arroz con lentejas, los chuzos de pollo o de carne, los quibbes, las polvorosas, galletas de ajonjolí, pan de guineo, pan árabe con tahine de garbanzos, etc.
En el campo literario en el siglo XX se destaca el inmigrante catalán Ramón Vinyes, hoy una leyenda que quedó consignada en la ficción de Gabriel García Márquez, quien lo inmortalizó con el seudónimo de El Sabio Catalán. Llegó en 1914 a Ciénaga y luego a Barranquilla en donde tuvo una librería en la Plaza de San Nicolás junto a otro inmigrante catalán de apellido Auqué. En esta época salió a luz una de las revistas literarias más destacadas de Colombia que fue la Revista Voces. Esta revista estuvo olvidada largo tiempo, hasta que el escritor Ramón Illán Bacca logró encontrar todos los números y fue publicada por la Universidad del Norte en el año 2003. Ramón Vinyes estuvo en tres oportunidades en Barranquilla, primero cuando participó en la edición de Voces en 1919, luego es expulsado del país en 1925. En la década de los treinta regresa otra vez a Barranquilla y permanece algunos años. A fines de los cuarenta vino por última vez a Barranquilla y compartió con el grupo en donde estaba Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y otros artistas con quienes el Sabio Catalán ejerció una importante influencia. 





                                     

6.- Barranquilla a fines del siglo XX.

El siglo XX en Barranquilla tiene una primera fase de prosperidad y luego otra de decadencia. Hasta la década de los años cincuenta la ciudad todavía seguía aprovechando en gran parte las condiciones que hicieron posible su despegue a fines del siglo XIX. Pero a partir de los años sesenta Barranquilla pierde de manera definitiva su condición como principal puerto de Colombia, a lo que se suman una serie de circunstancias que la llevan a una crisis generalizada que dura hasta el día de hoy.
Entre 1935 y 1941, Buenaventura logra superar a Barranquilla como puerto de exportaciones y luego de importaciones. En los años cincuenta gozó de cierta prosperidad por el restablecimiento de la economía europea que se tradujo en aumento de las exportaciones de café y en el incremento de las importaciones debido a la disponibilidad de divisas acumuladas en los años de guerra. Estas situaciones favorables se combinaron con políticas económicas que favorecieron a Barranquilla y también que a la ciudad no llegó la violencia que se originó en el centro de Colombia.
En 1965 Barranquilla dejó de exportar café y bajaron las importaciones por la política proteccionista impuesta por el pacto del llamado Frente Nacional de los dos partidos tradicionales. A partir de esta época el funcionamiento del puerto va a estar siempre determinado por las inversiones que exigen las obras civiles de Bocas de Ceniza, como el mantenimiento de los tajamares y el dragado del canal de acceso. De cualquier manera, la supremacía portuaria de Barranquilla se perdió para siempre. En el año 2004 movilizó casi un 6% de toda la carga nacional, muy por debajo de los otros puertos del Caribe como Santa Marta, Cartagena y el carbonífero puerto de Bolívar en la Guajira.
A la crisis portuaria se le sumó una disminución del impulso industrial de los años treinta, fenómeno de alcance nacional y latinoamericano, pero que afectó de manera especial a Barranquilla cuyo sector industrial fue perdiendo importancia al finalizar el siglo XX. Además de estos dos frentes tan importantes para la economía local, la ciudad enfrentó el problema de las migraciones de campesinos de las zonas más pobres de los departamentos vecinos. Con desempleo, con crisis portuaria y por ende comercial, Barranquilla no tenía mucho que ofrecerles a los campesinos recién llegados y se formaron los cordones de miseria como en todas las grandes ciudades de América Latina. Las empresas públicas en manos del Consejo Municipal fueron mal administradas y en 1994 pasaron a manos de una multinacional que cubre os servicios de agua potable, alcantarillado y aseo. Algo similar ocurrió con las empresas de electricidad  y de telefonía estatales, las cuales también pasaron a manos de empresas extranjeras multinacionales.
La crisis estructural afectó a casi todos los ámbitos de la vida de la ciudad y fue disminuyendo la influencia de los descendientes de las familias fundadoras cediendo el paso a grupos nuevo, los cuales tampoco fueron capaces de mantener en funcionamiento la estructura administrativa y financiera del municipio.
 Muchos extranjeros abandonaron la ciudad, otros se mezclaron con las familias nativas, otros se murieron sin dejar descendencia y, en general, ha sido notoria la ausencia de extranjeros en la vida pública y comercial de la ciudad. Sin embargo hay varios ejemplos que muestran en la segunda mitad del siglo XX la activa presencia de inmigrantes o descendientes de extranjeros.
El sector empresarial quiso enfrentar la crisis a través de la fundación de una nueva institución de educación superior bajo el liderazgo de Karl Parrisch, hijo del fundador de la compañía urbanizadora de El Prado, quien junto a representantes de la Andi y de Incolda crearon la Universidad del Norte, la cual nació en 1965 teniendo como modelo a las instituciones norteamericanas. En la década de los ochenta, el docente de la Universidad del Norte de origen chileno José Amar Amar, creó una sección de la fundación holandesa Van Leer para la asistencia de niños de los barrios pobres y de pueblos necesitados de ayuda alimenticia a través de la organización de hogares comunitarios con la participación de la comunidad.
A nivel educativo se destacó en esta época final del siglo XX un inmigrante de origen turco que ejerció una enorme influencia en el plano educacional: Alberto Assa, quien es hoy casi una leyenda viva en la memoria del pueblo barranquillero. Nació en Estambul en una familia de comerciantes de origen sefardita, asistió a un colegio francés y terminó bachillerato en París, luego fue a Hamburgo en donde se involucró en las luchas políticas que ocasionó su expulsión a su ciudad natal. Allí se graduó como lingüista con profesores alemanes perseguidos por el régimen nazi y finalmente terminó en la guerra civil española. Estando allá se casó con una barcelonesa y llegó a Barranquilla a principios de los años cincuenta. Dedicó toda su vida a la educación de la juventud, sobre todo a la más modesta.
En 1953 inició la enseñanza de las lenguas extranjeras en la Universidad del Atlántico gracias al apoyo del entonces rector Fernando Cepeda y Roca. Luego fundó la Universidad Pedagógica del Caribe que gozó de prestigio internacional hasta que pasó a depender de la Universidad del Atlántico a fines de los años sesenta. Creó en su propia casa el Instituto de Lenguas Modernas en donde muchas generaciones de barranquilleros aprenden inglés, francés y alemán. En 1972 fundó el Instituto Experimental José Celestino Mutis para estudiantes de secundaria, totalmente gratuito y con preferencia para estudiantes pobres e inteligentes. Desde 1957 hasta el día de hoy, cada mes se presenta un artista clásico en una institución que bautizó como El Concierto del Mes, financiado por aportes de empresarios, instituciones y personas interesadas en apoyar la cultura. Desde su columna semanal Los Rincones de Casandra en el periódico El Heraldo, mantuvo viva la conciencia de sus lectores con temas de actualidad de Barranquilla y el mundo. Murió en 1996 y continuando con el espíritu cosmopolita de los Hermanos de la Caridad del siglo XIX, donó su cuerpo a la Universidad Libre para que los estudiantes pudieran utilizarlos en algo provechoso para la salud de la humanidad. Nunca tuvo automóvil y los taxistas aun cuentan que al subirse al taxi les decía que lo llevaran a la esquina de las dos mentiras, es decir a la Carrera del Progreso con la calle Campo Alegre. Después de bromas y cruce de palabras lo llevaban a su residencia, que en aquellos tiempos se encontraba bastante abandonada por las autoridades. Alberto Assa es comparable quizás con Elías Porter Pellet del siglo XIX, por su espíritu cívico y por el contacto espontáneo y bromista con la gente sencilla de la ciudad.
Los antiguos clubes sociales de las colonias extranjeras desaparecieron todos al final del siglo XX. Solo quedan algunos árabes y otros países mantienen instituciones educativas como la Alianza Francesa y el Instituto Colombo-Americano. Alemania aun mantiene el Colegio Alemán y es uno de los mejores de la ciudad con reconocimiento internacional a sus graduados. Los norteamericanos que fundaron el colegio presbiteriano a fines del siglo XX abandonaron Colombia en la década de los sesenta y el Colegio Americano continúa hasta el día de hoy gozando de un merecido prestigio. La educadora italiana Clara Gasparoni mantuvo durante muchos años un colegio de párvulos llamado Rosa Agazzi que aplicó modernos métodos de enseñanza. 

A fines del siglo XX se producen grandes cambios a nivel planetario que marcan una diferencia importante en las relaciones económicas entre estados y naciones del mundo. Uno de esos cambios es la incorporación de China, la India y los países árabes al sistema económico internacional, quedando por fuera de esta red global solo algunas regiones de Africa y grupos humanos que aun viven en montañas o selvas alejadas de los centros urbanos del planeta. La vida económica global ya no es dirigida por pioneros como en el siglo XIX y el XX en Barranquilla. La presencia a nivel económico de otras nacionalidades en la ciudad se hace a través de grandes transnacionales que hacen proyectos impersonales en donde desaparecen las figuras típicas del siglo XIX que existieron en otros lugares de América Latina.
Ante estas nuevas realidades, el conocimiento de las experiencias de colonias extranjeras en Barranquilla nos permite quizás en el día de hoy poder orientar mejor nuestras propias actividades en Barranquilla.

FIN TEXTO SOBRE COLONIAS EXTRANJERAS EN BARRANQUILLA









1 comentario:

  1. Tanto que hay que escribir y tan pobre la narracion. Llana sin profundidad . omitiendo mucha informacion.

    ResponderEliminar